resistencia

Memoria histórica: migrar lo migrado

Originalmente escrito para #plataformacero

por plataformaceroblog, posted in nota editorial

La memoria migrante sigue siendo la gran silenciada, la que no se escucha, no se lee… Y tampoco se ve.

Los relatos oficiales transmiten el uso de un discurso hegemónico que remite en la mayoría de los casos a la memoria industrial y tecnológica de las ciudades; estos relatos perpetúan la violencia epistémica que es imperceptible y que inescrupulosamente ha ido dañando, silenciando y blanqueando —reescribiendo— la historia a su imagen y semejanza.  

Desde mi experiencia, los imaginarios se materializan mediante historias escritas del puño y letra de los/las sujetos/as activos/as dentro de las comunidades que emergen haciendo visibles las particularidades del territorio, invitándonos a la reflexión sobre cómo la construcción de occidente legitima a las distintas jerarquías raciales sujetas por relaciones de poder.

 —La memoria no es lineal. Cuando suceden los hechos hay muchos ojos puestos en ello, pero no todos ven las mismas cosas. Hay bifurcaciones, y en estas grietas están ubicados los relatos de los cuerpos migrantes —.

Creo firmemente que las acciones de los programas de interculturalidad son importantes para la proyección de espacios seguros, promoviendo así una escritura testimonial que pone sobre la mesa la lucha de los oprimidos. Colocar el foco sobre esta parte de la historia hace contrapeso a la violencia que se ejerce sobre los cuerpos racializados. Actualmente, y gracias al despertar de diversos frentes organizados con fines colectivos, hemos ido haciéndonos conscientes de que debemos descolonizar el compendio que forma el grueso de la memoria histórica de occidente, asimismo las narrativas que idealizan los procesos migratorios —tenemos que apropiarnos de la palabra y contar verdades que se han ocultado a lo largo de nuestras vidas. Es necesario escribirlo todo, pero más importante aún, los sucesos que nos han sido narrados por nuestros ancestros/as.

La escritura tiene un poder de seducción nato cuando la narrativa fluye desde el interior de quien la hace. Escribir desde nuestras experiencias, deseos e ilusiones, es una manera de visionar el territorio —claro está, desde un punto de vista no oficial.

Volver al origen del concepto de Memoria Histórica, nacida para divulgar acciones conjuntas de los pueblos en beneficio de la justicia social y para no acallar las voces frente al opresor, es un derecho, pero sobretodo es un deber. Ejercitar este derecho es democratizar la información y una manera de cimentar la memoria colectiva que visibiliza cómo en realidad se viven las ciudades desde lo político, social y cultural.

Repito: escribir es un recurso al cual acudir para asentar la memoria a través de historias individuales y/o colectivas. Estas narrativas están incrustadas dentro del desarrollo de las urbes y de sus individuos, y como herencia, van dejando retazos vívidos sobre el latir del asfalto. Los ecosistemas sociales adquieren forma gracias a las personas que los habitan y a los relatos cercanos al sentimiento de añoranza y de «tiempos mejores», como dirían las abuelas. —La historia que trasciende el territorio no es lineal. La memoria migrante no se desconecta de su lugar de origen, al contrario, se entrelaza con un aquí y un allá constantemente.

Migrar lo migrado hace parte de un todo que atraviesa al cuerpo. Experiencias que se viven dentro del mismo territorio:  la inseguridad frente al racismo que se ejerce sobre la ciudadanía de a pie, la adaptabilidad, los olores, los sonidos, las pisadas, la trastienda a la luz de la noche, el calor y el frío. Todos y cada uno de estos factores constituyen la memoria emocional e histórica de cualquier familia, barriada, pueblo o colectivo.

Más allá del relato hegemónico hay un horizonte esperando ser leído en voz alta. No se puede dimensionar, por ejemplo, la emoción explícita en la escritura de la diáspora. Estas narrativas están empezando a tener un alto impacto dentro de las sociedades literarias modernas, sin embargo, no se ejemplifica a la hora de contextualizar las dinámicas de inclusión social porque siempre se cataloga al migrante como un objeto inanimado, carente de una opinión válida, sin agencia.

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